lunes, 14 de noviembre de 2011

The Secret Life of Words



Erase una vez....

Todos los cuentos, alegres, tristes, buenos o malos, empiezan así.  Pero, y si el cuento no pasó hace tiempo? Y si es reciente? Y si está pasando ahora mismo en alguna parte?

A veces las más bonitas historias dan un giro y tienen tristes finales... No me gustan los finales tristes. Me gustan los libros o las películas que terminan bien y te dejan con la esperanza de que no todo tiene que ser amargo en esta vida, que los sueños pueden convertirse en realidad. Y si no es posible un final feliz, al menos un final abierto, con la posibilidad de encauzar la situación en algún momento, que para tristezas ya tenemos suficientes con las que nos rodean. A fin de cuentas, soñar aún es gratis.

Ahora sí. Erase una vez un hombre que se odiaba a sí mismo y a todo cuanto le rodeaba. Él habia tenido una vida complicada y dura, se había forjado a sí mismo, los alimentos que le sostenían eran el odio y el rencor, sin olvidar la venganza. Devolvía golpe por golpe y con intereses. Jamás cedía ante nada ni ante nadie. Aunque cometiera errores, jamás pedía perdón. Esa palabra no estaba en su diccionario. 

Nunca reconocía sus errores, porque según su forma de ver las cosas, él siempre estaba en lo cierto. Para él, cuantos le rodeaban eran enemigos a los que abatir y no cejaba en su empeño hasta que los hundía, hasta que conseguía que se sintieran miserables, tanto como se sentía él. Por eso él no tenía amigos.

Este hombre no sabía amar. Para él el amor era un sentimiento barroco y ridículo, solo podían sentir amor los perdedores, los dispuestos a sacrificar algo o sacrificarse por alguien, y él no era un perdedor. El único amor que él entendía era el sometimiento absoluto. La rendición total, como si de una guerra se tratara. Y no tomaba rehenes.
Un día nuestro hombre conoció a una mujer. Alguien que, pese a saber cómo era, a pesar de ver en su interior, estaba dispuesta a tener la paciencia suficiente para que él se diera cuenta de que en la vida también existen la complicidad y la ternura, a intentarlo todo, con fuerza, para hacerle feliz, a amarlo por encima de todo. A darle calor, paz y todo cuanto ella tenía.

Y el hombre se sintió amado.... por un tiempo. Pero las inseguridades, los celos, la amargura no permitían a este hombre vivir en paz. Y en lugar de aceptar a la persona que tenía a su lado, que le amaba tal y como era, intentó cambiarla. Quiso moldearla a su antojo, como si fuera un dios con un trozo de barro con el que jugar. 

Nunca utilizaba insultos, pero todos sabemos que hay peores formas de utilizar las palabras. Humillaciones, castigos... 

Quiso que ella se quedara sin amigos, que dependiera de él, quiso romper su voluntad y su fuerza, todo aquello que él decía amar y admirar. 

Hasta que llegaron a una situación límite. Porque cuando las palabras son tan necesarias como el aire pero lo único que reina es el silencio, uno se da cuenta de que no queda nada.

Él escogió la opción fácil, como hacen los cobardes. No luchar. Buscar otras mujeres que suplieran lo que él pensaba que ella no le dió. No sabemos si encontró alguna que se sometiera como él quería.  Ella... simplemente, lo relegó al olvido como algo que podría haber sido y no fue.

Colorín, colorado, éste cuento se ha acabado.

Así es como terminan muchas historias. En verdad me gustaría poder decir que él se dió cuenta de sus errores, que luchó porque realmente ella era importante para él, que hablaron de todo lo que tenían pendiente por resolver, lo solucionaron y vivieron felices y comieron perdices. Pero... la realidad siempre supera a la ficción, lamentablemente.

No culpéis a quien escribe, solo es una cronista de lo que sucede a su alrededor.



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