domingo, 8 de junio de 2008

15 minutes

Mi convenio dice que debo dedicarle 1772 horas anuales al trabajo. El año está compuesto por 8760 horas. Si además de las laborables añadimos las que me paso durmiendo (1825, 2920 para los que necesitan sus 8h de sueño diarias), quedan 4068 horas, hora arriba, hora abajo, de las cuales una gran parte se destina a anodinas tareas tales como hacer la compra, limpiar, desplazarse de un lugar a otro, dudar sobre qué nos ponemos para salir, acicalarse, ver la televisión (de esta me salvo), chatear, navegar, reuniones sociales o familiares a las que realmente nos apetece ir tanto como que nos caiga un tiesto en la cabeza, amén de otras rutinas varias que desempeñamos casi sin pensar, como respirar, pero respirar es una sana inversión de la que conviene no olvidarse. Estos números variarán en base a los distintos convenios y al tiempo empleado en dormir. Después de sustraer al cómputo global todas esas horas gastadas en cosas de las que podríamos prescindir con total impunidad, lamento deciros que quedan más bien pocas para hacer lo que realmente nos guste.

Habrá quien diga que a él/ella lo que le gusta especialmente es dormir, o que disfruta viendo la caja tonta, pero aquí la opinión que cuenta es la mía y me parecen una soberana pérdida de tiempo. Que escribir también lo es? Puede. Pero me distrae y como ya he dicho, mi criterio es el que prevalece.

Esto no es lluvia, es el diluvio universal en miniatura! Estoy segura de que si salgo más de lo necesario a la calle, acabarán por salirme branquias. Y qué hago para perder mi maravilloso tiempo entre lectura e instrospección, mientras contemplo el agua caer, se llenan los embalses y se desbordan los ríos? zappear por los blogs. Encontraréis de todo tipo: ocurrentes, almibarados, provocativos, aleccionantes, amorales, biliosos, lacrimógenos o francamente escatológicos. Algunos los descarto a la segunda línea, otros los leo en diagonal y unos pocos quedan confinados en la carpeta de tesoros por desenterrar. También repaso los comentarios que generan: ingeniosos, banales, ridículos, pretenciosos; algunos altamente nocivos para la vista en su afan por aniquilar la gramática con abundantes faltas ortográficas y otros por ese desmesurado apego a utilizar el infame lenguaje sms.

Dónde quería llegar con todo esto? pues ni idea, porque cual rana saltarina he acabado sin pretenderlo en el youtube viendo vídeos de "La bola de cristal". Si con la obra de Ibsen os decía que se podía extrapolar a nuestra época, el programa televisivo (que por aquel entonces todavía emitían algo que merecía la pena) es de los intemporales. Y si no, comprobadlo por vosotros mismos, incrédulos.

20' que se revalorizan con el paso de las horas.



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