miércoles, 24 de febrero de 2010

Dance of the Dead



La criatura se incorporó despacio, vacilante primero, con más seguridad a medida que tomaba conciencia de su cuerpo. Se afianzó sobre sus recién adquiridas extremidades inferiores y avanzó un paso, luego otro, hasta que comprendió que estaba andando. Recorrió despacio la sala, observando a su alrededor, con ojos de recién nacido.

No sabía muy bien cómo, pero recordaba el nombre de los objetos, sabía que sabría utilizarlos, que habían formado parte de su rutina diaria.

Se enfundó las ropas preparadas en la silla y al girarse vió su imagen reflejada en el inmenso espejo que tenía ante ella. Qué grande y solitaria se veía la sala!.

Quería salir al exterior, demostrarle al mundo que formaba parte de él, por lo que abrió la puerta y emergió a la transitada calle.

Era consciente de las miradas que suscitaba: algunas de extrañeza, otras de perplejidad total, aunque las más le parecían burlonas; unos niños con los que se cruzó estallaron en carcajadas a su paso.

Poco a poco se fue borrando la sonrisa que iluminaba su cara.

Cuando llegó al teatro lo encontró abandonado, las telarañas y el polvo se habían adueñado de él con el paso de los años.

Dirigió sus pasos hacia el río. En su cara pintada quedaron marcados los surcos que dejaron las lágrimas.

La encontraron a la mañana siguiente: el vestido que había sido blanco, sucio de fango y hojas y las zapatillas de punta deshilachadas. Dictaminaron muerte por agotamiento.

En ese rincón del bosque siempre habrá quien escuche el sonido de la música si presta suficiente atención, e incluso algunos cuentan historias sobre una figura fantasmal danzando durante horas.

En la caja solo queda el pedestal sobre terciopelo rojo, la bailarina ha desaparecido.


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