martes, 7 de agosto de 2007

Carta 15

Queridísima amiga:

Me he inventado un ejercicio gestáltico: imagino que soy una cámara fotográfica.

***
Me cuesta describirme. Soy una cámara con una forma especial. Claro: soy única. Hay muchas que se me parecen, pero ninguna como yo.
Estoy totalmente equipada para cumplir mi objetivo: retratar este instante de lo que está sucediendo.
Este instante.
El instante anterior ya pasó y el próximo todavía no ha llegado; ambos están fuera de mi alcance...
... Y me gusta que sea así.

Para ser una buena cámara, lo importante es conseguir una buena imagen de la realidad.
El mecanismo es el siguiente:
Primero busco aquello que me llama la atención.
Lo pongo frente a mí.
Mido la distancia que hay entre eso y yo.
Elijo una distancia útil. No siempre la distancia que elijo es la misma. Me acerco más a algunas cosas, de otras me mantengo siempre bastante lejos.
Luego, con suavidad -porque mi mecanismo es muy suave-, incorporo lo exterior a mi interior.

Tengo una película muy sensible y puedo sacar muchas fotos. Si bien el carrete de película es casi interminable, mi vida útil como cámara no. Llegará un momento en que mi existencia terminará.
Pensar en eso no me angustia, es parte de mi ser cámara.
Mientras tanto, me importa ser cada vez más fiel a lo que veo. Es cierto: mi imagen de lo exterior nunca será "perfecta" pero, en realidad, tampoco me importa que lo sea.

Parte de mi equipo es un grupo de lentes y filtros que aumentan mis posibilidades.
De los filtros puedo decir que hay cosas que dejan pasar y cosas que no. Esto puede ser muy útil. Por ejemplo, impiden que entren cosas dañinas (como un estímulo demasiado poderoso). Permiten también teñir mi impresión de un tono específico (ver todo rosa, ver todo azul, ver todo gris), según mi estado de ánimo.
¡Es genial! Siempre y cuando el filtro quede colocado y yo lo olvide, porque que lo retratado se deba a un filtro también puede ser peligroso.
Las lentes, en cambio, sirven para aumentar o achicar mi campo perceptivo.
Con una de ellas puedo ver el pequeño detalle de las cosas; con otra tengo una visión panorámica y global de los sucesos. Aquí también, cuando utilizo la lente adecuada a mi intención, todo sale bien.

Cada hecho requiere un tiempo diferente para ser registrado. Por eso, una de mis regulaciones es la del tiempo de exposición. Todos los procesos implican tiempo, y éste depende de la velocidad de los hechos, de su intensidad y de mi interés. Cuando algo implica mucho tiempo, recurro a un elemento que llevo conmigo para poder afirmarme: un trípode. Éste me permite esperar con comodidad, sin apurarme, sin ansiedad, sin riesgo de retratar lo equivocado, a que suceda lo que espero.

A veces, mientras paseo sin expectativas, sin objetivos y con la lente al descubierto, sucede que el disparador automático, sin ninguna razón, se activa.
De repente oigo: "¡clic!", y sólo después, me doy cuenta de lo que he incorporado. Estas fotos suelen ser las mejores: nada programado o intencional, nada voluntario. Sólo el "¡clic!" imprevisto y espontáneo.

Casi olvido algo importante.
Tengo una tapa.
Cuando me la pongo, el mundo desaparece y estoy en contacto sólo conmigo mismo. Es muy útil para alejarme un poco de lo de fuera y también para descansar.

Más allá del equipo, es muy importante tener mucho cuidado en correr la película después de cada foto. ¡Ésta es una precaución que hay que tener en cuenta siempre!
Solo puedo sacar una foto cada vez.
Cualquier intento de incorporar dos situaciones juntas producirá una superposición (imagen confusa) o una foto velada (falta de imagen).
Por suerte, últimamente he logrado incorporarme un dispositivo de seguridad que permite que sólo después de haber terminado el proceso en una situación pueda empezar otra. Este dispositivo es de gran ayuda, pero yo prefiero tener presente siempre el límite por mí misma.

No puedo ocuparme de más de una cosa a la vez.

***

Eso, eso...


Extraído del libro "Cartas para Claudia" de Jorge Bucay

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