viernes, 9 de noviembre de 2007

La confiance règne



La gota que había quedado en el vaso se ha ido evaporando durante la noche, y esta mañana solo se intuían sus contornos.

Escuché una conversación de aquellas que te ponen de mala leche. Una consentida mujer que llamaba a su marido porque estaba aburrida en el trabajo. Qué suerte tienen algunas! Yo no sé lo que es disponer de minutos de aburrimiento. Incluso en momentos en los que estoy sola durante horas, tengo cientos de tareas por realizar. Otra cosa son las malditas ganas de hacerlas; pero aburrida, jamás.

Mientras converso con O. invento una frase de esas que, si fuera famosa, sería considerada célebre, y como es mía y no le tengo que pedir permiso a nadie, aquí va: La memoria es muy traicionera, aparece cuando menos la necesitas.

Una persona es igual a otra en cuanto a que pueden tener el mismo y exacto color de pelo u ojos. Pero hay personas que se distinguen por actuar de la misma forma, o tienen patrones idénticos de conducta, lo cual les lleva a criticar lo que hace justamente su reflejo en el espejo. Si, volvemos a ello. Odiamos en los demás lo que en realidad no nos gusta de nosotros mismos, pero no nos damos cuenta de que es precisamente lo que más nos molesta, lo que estamos imitando con toda precisión.

Lo malo de los hombres con una seguridad en sí mismos digna de estudio freudiano es que toman a las mujeres por imbéciles y, por mucho que yo tampoco tenga en gran opinión a buena parte del género femenino, no las puedo poner a todas en saco común, menos todavía cuando me cuento entre ellas. Me viene a la mente un recuerdo de alguien que un día pretendía quedar, sin haber intercambiado teléfonos. Que cómo esperaba concretar? Para él, que no pensó sino en primera persona del singular, era fácil ; yo me tenía que quedar confinada en casa a la espera de que se conectara a internet y me diera el parte de llegada. A esta que suscribe, que a veces, aunque solo sea para variar, también piensa en singular, le pareció un caso de egoísmo flagrante. Por supuesto que no nos encontramos, porque lo de quedarme en casa como la Penélope de Ulises, tejiendo y destejiendo (con lo nerviosa que me pone el punto), mientras él quién sabe si aparecería o no, es pedir demasiado, incluso a mí. Por cierto, otra tonta Penélope. Rechazando un pretendiente tras otro, mientras el prenda del marido se iba de rositas con Circe y pasaba siete años con Calipso, cuando vuelve lo acoje como si nada...

En fin, que las trufas no están hechas para los cerdos...

Una canción que me pasó ayer mon petit prince y que le cojo prestada


3 comentarios:

Anónimo dijo...

te sigo leyendo

Kaos dijo...

lo sé

Anónimo dijo...

como puedes saberlo?