sábado, 12 de enero de 2008

Reckless



Dificilmente el dinero podría agravar lo snob y clasista que llego a ser. Me contaba mi madre que a los 3 años ya odiaba el transporte público de tal forma que, en cuanto subíamos al autobús o al tranvía, la reacción inmediata era ponerme a chillar como una energúmena exigiendo ir en taxi. Con el tiempo, la idea que tengo de los abejorros (más bien de los que los conducen), ha pasado a engrosar las filas de lo indeseable, pero por aquel entonces supongo que priorizaba la comodidad de no tener que ir de pie o sentada en las rodillas de mis padres, porque es evidente que mis progenitores no eran como los de ahora, que dejan que los monstruos vayan bien repantingados y no se molestan en hacerlos levantarse ni de los asientos destinados a la tercera edad, embarazadas o discapacitados, y no se te ocurra decirles esta boca es mía, porque o ni se inmutan o te echan una maldición gitana.

Así es como me siento a veces cuando hablo con según quien:



No es que mi casa parezca una franquicia del rastro ni un parque de atracciones, simplemente es por la endémica tendencia de la gente a decirte lo que debes hacer cuando no les has preguntado y te la trae al pairo tanto su beneplácito como su desaprobación. Con el tiempo y esfuerzos que se invierten en dirigir la propia existencia, no entiendo de dónde sacan bríos para intentar mangonear la de los demás! Si al menos se molestaran en hacerlo de forma sutil...

Es indigesto comulgar con el hecho de sentir que las circunstancias han hecho que te alejes de personas importantes en tu vida. Antes. Porque ahora las observas y te preguntas qué era lo que os unía. Ya no te hacen reír. No te consuelan sus palabras. Los percibes hundidos en la hastiada rutina de sus vidas y te alejas para que no te contagien su tedio. Con el tiempo la gente suele acomodarse, conformarse. Y me pregunto porqué no me sucede lo mismo, porqué a cada día que pasa mi ambición es mayor, siempre buscando algo más, andando otros caminos, rebelándome ante habituales monotonías.

Quizá es que soy rebelde por naturaleza y me niego por sistema a aceptar lo establecido.



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