lunes, 1 de diciembre de 2008

Frantic

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Por fin me mandaron por mensajero el curso de inglés que llevaba meses esperando!. Lo primero que hice fue dejarlo aparcado durante unos días. Si los de "e-logos" han tardado tanto en mandármelo, yo no iba a ser menos. Cuando decidí desempaquetarlo comprobé que venía con cascos y micro de regalo. Y que el primer exámen lo tenía tal día como hoy, con lo que iba a empezar igual que el otro: tarde.

Me siento delante del ordenador, sigo los confusos pasos para instalarlo y una vez lo consigo, me dispongo a iniciarme en el mundo de la conversación anglófila. Pero, ay mísero de mí, ay infelice! O es un inglés macarrónico o me han dado gato por liebre y los que hablan se expresan en el más puro estilo yanki, con lo que parecen llevar además de una pinza en la nariz, el chicle en la boca y no entiendo ni jota.

Pero lo peor todavía estaba por llegar. Es interactivo y reconoce la voz, así que al intentar mantener algo parecido a una conversación, el muy ladino se limita a decir que no me entiende. Yo tampoco a él, pero al menos le ponía empeño, no te digo!. Ruego al señor que venga en mi ayuda enviándome una sobredosis de esa virtud tan sobrevalorada que es la paciencia y vuelvo a la carga, intentando pronunciar de la misma horrible forma en que se escucha, aunque claro, me cuesta lo mío, y el zopenco me apremia a que hable más rápido.

Entre que le parezco lenta y que no me entiende, empiezo a estar muy mosqueada y decido cortar por lo sano tanta injusticia, así que me lanzo de cabeza a navegar por las opciones, con la maquiavélica intención de cortarle las impertinencias de golpe. Pero son más taimados que servidora y en previsión de que nos de por hacer precisamente lo que yo astutamente pretendía, han capado el tiempo de respuesta, así que, o pareces una UZI o no pasas de lección.

El exámen me lo he saltado a la torera con premeditación y alevosía, esperando con fruición la llamada de mi tutor para pedirme explicaciones y así poder obsequiarle (de forma calmada y reflexiva, como tengo por costumbre) con mi opinión sobre dónde puede meterse el dichoso curso y diversas formas de llevarlo a cabo.


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Nada mejor después de un arrebato psicótico que relajarse aprovechando un vale-regalo para el Flotarium que estaba a punto de caducar.

Llamo para pedir hora antes del día 4 (que es cuando vencía el plazo) y me la dan para esta tarde. Me informan de que no hace falta que lleve nada, ellos proporcionan toallas, secador, peines (como si fuera capaz de utilizar uno comunitario), gel, champú y todo lo necesario para que no tenga que acarrear todos los artilugios que suelo llevar cuando tengo que bañarme en casa ajena. La chica de recepción es más que amable y me conduce hasta la habitación previa lectura de las instrucciones de uso.

El espacio está presidido por un engendro que parece sacado de Odisea en el espacio. Dentro hay tres botones: negro, para cerrar la cápsula y aislarte, blanco, que enciende y apaga la escasa luz interior y rojo, el de las emergencias, por si acaso. Prescriben una ducha y sigo las normas, después de quitarme cualquier joya que lleve encima. De ahí, al interior del receptáculo. Al principio suena una música suave, pero al cabo de unos 15', ya cerrada la parte superior, me quedo en el más completo silencio.

A los que les gusta hacerse el muerto en el mar, les parecerá estupenda la mega bañera, porque con 300 kilos de sal en tan reducido espacio no tienes que realizar ningún tipo de esfuerzo para flotar, al contrario, lo que cuesta es hundirse, porque solo cubre 30cms, con lo que los presuntos suicidas pueden descartarlo como método. Allí dentro es más fácil morir envenenado por las sales que por ahogo. Y os juro por snoopy que el agua está muy, pero que muy salada.

Como no hay espacio suficiente para emular a Esther Williams, cuando me he cansado de relajarme, he jugado a ser una alga marina, me he concentrado en escuchar sonidos (creo que pasa el tren que va a Sants estació) y me he acabado aburriendo como una ostra sin pececillos alrededor. Una hora es demasiado tiempo. Cuando ya empezaba a desesperarme, ha vuelto a sonar la musiquita zen, se ha encendido la luz y se ha abierto la compuerta, solo faltaba un muelle que me eyectara fuera de la nave espacial. Otra ducha (desde luego, higiene no falta) y fuera me esperaba la misma recepcionista para preguntarme cómo me había ido, ofrecerme una botella de agua (que se agradece) y una mascarilla para el pelo. Un dato curioso es que, normalmente, cuando pasas tanto rato dentro del agua, las yemas de los dedos acaban pareciendo pasas de corinto; pues aquí no. He salido con mis deditos igual de tersos que cuando he entrado.

Ahora los efectos colaterales: sales con hambre. Tanta que te comerías cualquier cosa que te pusieran delante. Si eres hipotenso más vale que te acompañe alguien, porque con tanta relajación acabas con la tensión arterial a la altura de los cimientos de una plataforma marina. Si eres hiperactivo, con media hora vas que te las pelas, después de ese tiempo te parecerá que te han enterrado en vida y empezarás a arañar las paredes. Y algo para todos: al salir de la bañera comprendes cómo se sentían los astronautas o buzos de antaño, porque notas que pesas unas 40 toneladas más que antes.

Para qué extenderme más. Como experiencia no está mal, acabas mejor de lo que has entrado, pero donde estén unos buenas manos que te mangoneen la espalda, que se quite la ingravidez.






Otro día os cuento la entrega de diplomas a la que asistí el sábado.

4 comentarios:

Josep dijo...

No sé per què, però la paraula Spa em fa pensar en el soroll d'una bofetada donada amb la ma ben oberta.

Kaos dijo...

del dret o del revés?

Josep dijo...

"Pas" sona a bufetada tranquil·la, gairebé pedagògica.
"Spà" té una sonoritat més allargada, amb més embranzida i mala hòstia. Fins i tot permet el mastegot d'anada i de tornada.

Quin preu té una sessió de tres hores d'Spa?

Kaos dijo...

del seu o del meu?