lunes, 29 de diciembre de 2008

The Little Shop of Horrors

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Hace poco encontré por casualidad los boletines de notas escolares cuando cursaba EGB. Qué buena era, por dios! Me deprimía si entre todos los sobresalientes aparecía un notable. Con el tiempo la cosa fue degenerando, no porque me quedara sin memoria que, a lo que realmente me interesaba, solo tenía que echarle un vistazo para aprenderlo, sino porque dejé de prestar atención a los estudios. Mi madre creía que malgastaba mi potencial y en eso siempre estaré de acuerdo con ella; estoy muy desaprovechada.

Retentiva y lógica si, pero tengo comprobado que, por mucho que se me de de fábula trabajar bajo presión, los exámenes cronometrados no son lo mío. Ante cualquier tipo de control, mi cerebro se rebela y en vez de concentrarse en lo que tenga delante, le da por pensar en lo más extravagante que ocurrírsele pueda.

Se cumplen ya tres años desde que empecé a escribir este blog. No es que haya llovido, sino que además ha nevado, ha hecho un frío glaciar, un calor de aquí te mueres, unas ventoleras del copón, movimientos sísmicos y hasta tornados; como veis, no ens estem de res.

La noche del 24 no estuve sola en casa haciendo gamberradas como el niño de la película cuyo nombre siempre me recuerda al cacaolat con cierto deje yanki, ni tuve velas encendidas, con la excepción de la que me puso mi tía para que no se notara tanto el olor del tabaco. Tampoco descorché una botella de Juan José Torres numerada, aunque había bebida suficiente para pasarme dos semanas seguidas con resaca. Ni presencié el cant de la sibil·la, porque en el pueblo donde estuve la sibil·la tiene compromisos familiares, como hacer cagar el tió. Las similitudes con aquella noche de hace tres años es que no había perchero, no tenía sombrero y tampoco pude bailar.

Me he pasado toda la semana preguntándome dónde carajos estaba Rovaniemi. Es en este tipo de cosas en las que se ocupa mi cerebro cuando debería concentrarse en batir récords estúpidos. La retina ve, procesa lo que ve y ahí se queda la información, almacenada para darte por saco en cualquier momento, normalmente cuando no toca. Eso me pasa por mirar los escaparates de las agencias de viajes.

Si, si, que no vais a poneros a mirar en el Google, no?, para qué si seguro que ya lo he mirado yo... Pues vale. Rovaniemi está lejos de narices. Nada más y nada menos que en Laponia. Y ya me diréis a quién le puede apetecer recorrer tanto camino para ir a ver el pueblucho de Papa Noel y un montón de renos. Eso sin contar con la rasca que debe hacer por esos andurriales. Son ganas de pasarlo mal y encima pagar por ello.

Qué nos depara el futuro? Su llegada...


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