miércoles, 11 de febrero de 2009

Le temps qui reste



Un lapso de tiempo. Cadencia. Martilleo. Iteración. Sin transición, se van superponiendo el resto de instrumentos, aunque predominan los de viento. Después de una obertura implacable, incisiva, vibrante, se destaca el resto de la composición. No es un cánon aunque lo parezca; oscila. Tan pronto llega al crescendo como baja en picado para sumergirse. Y mientras, en el anonimato pero sin desdibujarse del todo, a poco que le prestes oído, seguirás escuchando la cadencia inicial.

Asocio esta pieza a alguien que tiene un gran paralelismo con ella. Brillante, magnético, circular. A simple vista sencillo, pero con una complejidad de ejecución capaz de conseguir algún que otro ataque histérico. Perseverante y tenaz sin llegar a sacarte de tus casillas, aunque casi. Te lleva de la mano y te arrastra hasta el más pavoroso averno para, al instante siguiente, elevarte a las estrellas a recorrer lejanas galaxias; pero el fondo sigue estando ahí, tenue y al mismo tiempo, sublime.

Abarca el más amplio de los espectros. Relaja y enardece a la vez. Aterra y desafía. Primero volcán, arrollando lo que encuentre a su paso y a continuación, se convierte en manto nevado posándose con ligera caricia sobre las hojas. Ofusca e hipnotiza.

Un lapso de tiempo, perenne o caduco, a merced de los vientos.

Ya sea música o persona, no tienen término medio: o las odias o las amas. Y yo he aprendido a amar a ambas.


Photobucket