lunes, 5 de julio de 2010

Prefacio Bilbao - Gijón - Madrid

Mi viaje empezó francamente mal.

Solo a mi se me ocurre despertar al vecino de su siesta. Que lo único que servidora pretendía era decirle que en un rato estaría a punto para que me dejara en el aeropuerto, pero claro, al despertarle no quiso esperar más, con lo que me dejó allí un poco más tarde de las cuatro.

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Problemas? Os diré el primero por no tener cabeza. Una vez estás dentro, no hay NI UN SOLO SITIO donde poder fumar!

Toda orgullosa por llevar la tarjeta de embarque en el móvil, me dirigí al control de seguridad. Cómo evolucionamos! No sé si personalmente a peor, pero lo que es en tecnología, vamos a ser los primeros en escanear el adn de las uñas para poder acceder a un avión.

Pongo todo el equipaje en la cinta, me meto en el arco de seguridad... y pito. Ya no pasan los detectores de metal, ahora directamente te manosean y te hacen meter los pies en una máquina, primero uno y después otro, para cerciorarse de que no lleves... qué? A todo eso, mi equipaje aglomerándose con los de otros pasajeros y yo desesperada porque había dejado por ahí tirado el móvil y no me dejarían embarcar si no enseñaba el maldito código de barras.

Cuando por fin me sueltan, recojo muy ufana maleta y mochila con la intención de darme una vuelta y ver la terminal por dentro. Cuando paré para colgarme el móvil a punto estuve de apretar la cadena hasta ahogarme del todo. Me había dejado la cámara, con los objetivos prestados en la cinta! Dios, qué cabeza tan tremenda la mía! La pareja de la guardia civil que estaba allí de plantón me vieron cara de desesperación, porque preguntaron si andaba buscando una bolsa negra y directamente señalaron a un compañero que ya iba hacia objetos perdidos. Después de confirmar modelo de cámara volví a estar en posesión de mi bien más preciado. Soy o no soy un desastre de proporciones considerables?

Con el corazón pidiéndome digitalina, me apalanco en una de las sillas dispuesta a pasar el rato que quedaba aún de la mejor forma posible. Durante media hora todo fue paz y tranquilidad; pero era demasiado bonito para ser cierto, por supuesto, y tuvieron que venir a sentarse justo al lado (mira que el aeropuerto es grande y mira que hay bancos y bancos y bancos donde dejarse caer) una familia con 5 monstruos a cual más gritón.

Como el mono de nicotina en mi organismo no era una buena influencia para tratar con enanos bajitos y padres desconsiderados, preferí emigrar hacia espacios menos poblados, y de paso, shhhhh, meterme en un lavabo a fumar. Recordaba tanto mis tiempos de estudiante...

Media hora antes estaba sentada ante la puerta de embarque.

Y media hora después seguía en el mismo sitio, porque el avión llegó con alguna avería y lo estaban revisando.

Un jubilado italiano quejándose de que en nuestro país los aeropuertos funcionan de pena (es que en el suyo funcionan de muerte, vamos) un cura, varios señores trajeados y gente variopinta esperando a que dieran aviso de que la avería se había reparado (como si diera mucha confianza que te digan esas cosas...) y podíamos emprender nuestro viaje.

Por fin pudimos subir al avión y después de dar una vuelta por tierras mañas, encaramos el Ebro y empezamos a subir.

Lo primero que vi de Bilbao además de a Cyrano? Un supermercado, que necesitaba comprar todos los productos de higiene que no me había llevado de casa por estar segura de que no me los dejarían pasar.

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Por fin empezaba mi periplo por el norte!

Mi primera cena, croquetas gigantes!

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