jueves, 19 de enero de 2012

Bad Company



No es la primera vez que el abuelo se olvida de venir a buscar a una de las niñas a las que doy clase de repaso en el colegio. 

Esta tarde, mientras esperábamos pacientemente sentadas en un banco a que él apareciera, le he pedido a la niña que me explicara un cuento.

Me ha explicado una versión muy poco edulcorada de "La ratita presumida"

Érase una vez una ratita que era muy presumida. Un día la ratita estaba barriendo su casita, cuando de repente en el suelo encontró dinero

Yo: cuanto dinero?
Ella: 10 céntimos

La ratita la recogió del suelo y se puso a pensar qué se compraría con la moneda. Como quería casarse, se compró un lazo de color rosa para su cola y parecer más bonita.
 
Pero ella no quería casarse con cualquiera, ella quería alguien con la voz bonita, así que escogió al gato, que la tenía preciosa, y se casó con él.

Y en la noche de bodas, el gato se comió a la ratita. 

Colorín colorado, el cuento se ha terminado.

Yo: Qué malo que era el gato que se comió a la ratita! Y eso que estaban casados...

Ella (mirándome con aire de suficiencia): El gato no era malo, los gatos se comen a las ratas.

Y ante esta gran verdad no he sabido qué decir, pero me he puesto a cavilar que  optamos por escoger siempre las peores opciones, porque vienen con un bonito papel de colores, o con un pelaje suave, o cualquier otra cosa, cuando hasta los niños saben algo tan evidente. 


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