sábado, 8 de abril de 2006

De Nova Mar Bella a Sant Sebastià

Necesitaba pasear, que los ángeles susurraran en mis oídos. Con las variaciones Goldberg de Bach sonando, he empezado el recorrido en Nova Mar Bella. Buen principio; me lanzan un beso desde un cuatro por cuatro: -eso no te atreves a intentarlo fuera del coche-

Sin rumbo fijo, solo andar, dejando que los rayos de sol se posaran en la piel.

Mar Bella.
Empieza a aparecer gente; tomando el sol, bañándose, en bici, paseando... Los nudistas en su rincón de siempre, se saludan, otro año más.

Bogatell
Algunas sonrisas espontáneas de frente. Reconocimiento entre iguales. Bancos y sillas encarados al este, en manada.

Nova Icaria
Recorro una playa tras otra, acompañada por los patinadores. En la rampa intentan el más difícil todavía los practicantes de skateboard. Un descubrimiento: pistas de ta-ka-ta, que me traen recuerdos de otra época, cuando alguna vez, por falta de familia propia, me ví obligada a jugar a algo que se parece al tenis sin raquetas.

Port Olímpic
En esta zona imposible encontrar mesa en cualquiera de los bares de la arena. El sonido de la cascada se cuela entre las voces y la música. Un poco más allá se juega una encarnizada partida de dominó. Después el silencio de nuevo.

Barceloneta
Transeúntes de todas las etnias, en pareja, en grupo, jugando a volei-playa, leyendo. Un hombre fuma en pipa con la mirada en el infinito... Ropa tendida en los balcones, que olerá a mar, a día primaveral, a mariscada de tantos restaurantes.

Sant Sebastià
Llego al fin, más allá no está permitido el paso. La atalaya, que es al mismo tiempo fin de trayecto de la vagoneta y restaurante de lujo.
Un banco donde descansar después de la caminata; leer, observar el vaivén continuo. Sigue la música.

Vuelvo tras mis pasos, esta vez más despacio. Acuso el cansancio de lo desacostumbrado. Mañana tendré agujetas. Ante mí, precediéndome durante un rato, camina un efebo de piel morena y pelo oscuro al cual despeina el aire; le sientan bien los tejanos y la camiseta negra. Y lo sabe.

Cientos de velas se hacen a la mar. Me detengo a mirar como se desmonta un parapente. Traje de neopreno, tabla de surf. Sería maravilloso probar la sensación de volar por encima de las olas, a merced del viento.
Llego a casa exhausta por los ocho kilómetros de recorrido. En paz con el mundo. Y con agujetas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Fa tant de temps que no passejo vora el mar!!

La lectura del teu passeig m'ha fet venir enveja però també m'ha fet recordar com n'es d'agradable una passejadeta primaveral vora el mar.

algun dia hauré de conèixer aquestes platges de Barcelona :o)

Gabriel

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.