jueves, 25 de enero de 2007

Nadie conoce a nadie





Se desperezó de forma gatuna. Convivir con dos felinos durante años había hecho que adquiriera alguno de sus hábitos. En ciertas ocasiones hasta creía haber ronroneado... Desde su posición en la cama divisaba el cielo encapotado. Era el clima y no las pocas horas dormidas lo que provocaba su dolor de cabeza. No podía quedarse entre las sábanas todo el día, la esperaban demasiadas cosas por hacer.

Hacía frío. Las brumas del sueño aún poblaban su mente. Sonámbula se encaminó al ceremonial diario: saludo al mar, un cd en la cadena, cubrir las necesidades de los peludos que seguían el recorrido lanzando pequeños maullidos de protesta y, por fin, la ducha. Obtener la temperatura adecuada era semejante a templar las cuerdas de la guitarra. Alcanzado el término medio entre frío y calor, imprecó al dueño del edificio (como cada día) por no querer invertir en dotar a la finca de agua corriente. Con tan poco caudal se hacía imposible trocar gotas por agujas que se clavaran en el cuerpo para despejarse. Acabó dejando que el agua fría la tonificase y se arropó en el albornoz. No todo el mundo podía aguantar las bajas temperaturas de la misma forma. En la playa, la irritaban los gritos espasmódicos que lanzaban los temerosos del frío. Cualquiera con dos dedos de frente sabía que la mejor solución era tirarse de golpe.

Estrategias. Organización. Objetivos. Beneficios. Una visión empresarial de la vida, con una campaña dirigida más hacia el interior que al exterior.

Empezaba a escuchar demasiado a menudo esas dos palabras y, aunque no la incomodaba oírlas, les daba tanto valor como a un intercambio de cromos. Hubo un momento en que, de tanto decirlas, quedaron vacías de contenido, quizá por eso ahora las utilizaba con tanta parquedad y únicamente salían de su boca cuando era absolutamente imprescindible. Lo mismo ocurría con besar a alguien en los labios. Durante los años en que sus noches se sucedían de bar en bar, en un periplo que finalizaba cuando el sol estaba lo suficientemente alto para que más de uno pillara una insolación, el cánon establecido era ahorrar tiempo. Besar en la mejilla se consideraba una ordinariez, así que, indistintamente a la pertenencia de género, todos saludaban de la misma forma. Con ese bagaje a su espalda, era normal no darle sentido especial a ciertas prácticas que, para otros, podían resultar inapropiadas. Algunas veces se preguntaba si tanta experiencia no resultaba una maldición más que una bendición, si no sería mejor vivir en la ignorancia y si podría reconsiderar acomodar las exigencias, mientras su instinto de supervivencia se rebelaba ante tan monstruosos desvaríos y se empeñaba en recordarle que, a fin de cuentas, tampoco le iba tan mal.

La trampa para sabandijas estaba preparada. Había efectuado el ensayo con un porcentaje de éxito total. Cobraría la pieza; después la devolvería a su entorno, no sin haber dejado en su piel la impronta de algo imborrable...
Samson - Regina Spektor

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