domingo, 13 de mayo de 2007

Hermano sol, hermana luna

Mientras perseguía un coche rosa para fotografiarlo (no preguntéis), fantaseaba con la idea de implantarme una cámara de fotos en la retina, así ahorraría tiempo, porque entre abrir el bolso, buscar la cámara, encontrarla, quitarle la funda, encenderla y esperar a que esté en buena disposición, si el objeto en cuestión es movible, me he quedado sin instantánea, eso sin contar que en el preciso instante de disparar, se agoten las pilas.



Cuando alguien sabe que algo te molesta profundamente y aún así hace de ello su orgullo, hasta convertirlo en arrogancia, te das cuenta de que no siente el más mínimo respeto hacia tu persona.

Sé que el año no ha finalizado, que queda mucho por delante, pero mis buenos augurios debían estar enfocados hacia un mundo paralelo, porque en este las cosas no salen como estaban previstas. Durante la larga madrugada que me ha acompañado, he tenido tiempo para meditar.



Me quedé sin reloj.


Lo que parecía imposible, ocurrió. Encima del cúbito y radio de mi brazo derecho ya no había una esfera grande y redonda; impensable. Pero al mismo tiempo que me sentía aturdida sin mis horas, minutos y segundos, desapareció la entropía.

Y mis lágrimas fueron serenas, mansas.

Porque ya no me cuestiono si he hecho algo mal. Sé que no es mi actitud la culpable de todo. Quien me pierde es porque así lo ha decidido. Y a pesar de toda la paciencia y de lo difícil y costoso que me resulta tomar este tipo de decisiónes, cuando lo hago, es irrevocable.




Como los científicos, que utilizan su cuerpo para experimentar los resultados de sus descubrimientos, hice lo propio para saber
cómo se siente la gente que no dice lo que piensa. Ahora entiendo ese resquemor, el rencor acumulado y las erupciones volcánicas a destiempo.

La verdad es que hoy, después de tantas horas no solo estando sola sino sintiéndome así, por fin he adquirido conciencia de que, tal vez a pesar, tal vez por suerte, ya no necesito a nadie.

Y cuando descubres que únicamente te necesitas a tí mismo, que puedes pasar días sin hablar con nadie excepto con tu yo interno, porque a nadie más que a tí le importa cómo te sientes, decides que el universo bien puede seguir su curso sin necesidad de tu divina intervención.









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