martes, 5 de junio de 2007

Candless in the dark



Tenemos la prueba fehaciente de que mi negatividad es devastadora. Le pedí a Nat que sacara de su encierro las cartas del tarot. Tres preguntas, tres tiradas. Los mismos arcanos en los mismos lugares. Cambios radicales. Finales. Lo peor no fueron las respuestas a mis preguntas, sino el momento en que se empeñó en que fuera yo quien las interpretara para e
lla, aunque la había prevenido de la nube que me acompaña a todas horas. A la postre se dió por vencida y por consejo ex-profeso, en cuanto salí de su casa quemó incienso y velas blancas para limpiarla. Creo que a la mía también le convendría un exorcismo.



Lo que está claro es que consulte donde consulte, todo es equiparable. He visitado la página web de Osho, y aterroriza ver que las cartas describen mi estado anímico mucho mejor de lo que yo podría expresarlo.

Aunque Eva dice que son las lunas las que nos tienen así, y no dudo de sus aseveraciones, que ella de estas cosas sabe y mucho, tiene que haber algo más. Como animal racional que soy, me resisto a que elementos externos me zarandeen, por siderales que sean, y me dejen en este estado:




Los humanos tenemos un punto de idiotez, a pesar de todos nuestros esfuerzos por ocultarlo y por inteligentes que seamos. Aunque las puertas del castillo estén cerradas a cal y canto con los mejores sistemas de seguridad que existen en el mercado y utilicemos la más sofisticada tecnología en detectores de intrusos, ante las palabras nos convertimos en algo maleable. Después intentamos por todos los medios controlar, poner límites y automanipularnos, lo que ya es el colmo del engaño.

Y es imposible. Como se molestaron en explicarme por partida doble, tenemos que salir de la cueva, porque quedarnos dentro esperando a que pase el temporal no es la solución, si actuamos así estamos negando nuestra propia existencia. Alguien tremendamente positivo me contaba esta madrugada que toda experiencia enriquece por negativa que sea y que, a pesar de todo, debemos seguir dispuestos a continuar luchando por esa parcela de felicidad que nos está reservada.



Me recordó un cuento de Bucay que, por ser un magnífico ejemplo de lo que estaba intentando hacerme entender, transcribo aquí:

"Un buscador es alguien que busca; no necesariamente alguien que encuentra. Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Había aprendido a hacer caso riguroso de estas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo. Así que lo dejó todo y partió.


Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó, a lo lejos, Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, le llamó mucho la atención una colina a la derecha del sendero. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadores. La rodeaba por completo una especie de pequeña valla de madera lustrada. Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar.
De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en aquél lugar.

El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de aquel paraíso multicolor.


Sus ojos eran los de un buscador, y quizá por eso descubrió aquella inscripción sobre una de las piedras:


Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días


Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que aquella piedra no era simplemente una piedra: era una lápida.

Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en aquel lugar.
Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Se acercó a leerla. Decía:

Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas

El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Aquel hermoso lugar era un cementerio, y cada piedra era una tumba. Una por una, empezó a leer las lápidas. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.

Pero lo que lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los once años...

Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.

El cuidador del cementerio pasaba por allí y se acercó. Lo miró llorar durante un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

-No, por ningún familiar —dijo el buscador—. ¿Qué pasa en este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué hay tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que les ha obligado a construir un cementerio de niños?

El anciano sonrió y dijo:

- Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré...:

“Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta como esta que tengo aquí, para que se la cuelgue al cuello. Es tradición entre nosotros que, a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella:

A la izquierda, qué fue lo disfrutado.
A la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.

Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres semanas y media...?
Y después, la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso...¿Cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana?
¿Y el embarazo y el nacimiento del primer hijo...?
¿Y la boda de los amigos?
¿Y el viaje más deseado?
¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano?
¿ Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones?
¿Horas? ¿Días?

Así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos... Cada momento.

Cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es para nosotros el único y verdadero tiempo vivido".

Cuanto tiempo quieres que quede anotado en tu libreta?

Como no he podido encontrar la música que quería para acompañar esta lectura, he tenido que crear algo de la nada. Busqué velas en todos los idiomas y le añadí la melodía. Espero que os guste mi composición.

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