lunes, 4 de junio de 2007

The last kiss


Mi padre tiene siempre batallitas para contar con las que entretenerme. Las excursiones a pie a Montserrat, al castell de Burriac, anécdotas de sus idas a Isla Fantasía con toda la caterva de pequeños monstruos campistas; de hecho, ambos progenitores han salido criatureros, todo lo contrario que yo. Quizá por eso nunca fui con él de excursión, porque ya entonces no aguantaba a tanto crío junto. Mis subidas al castillo fueron de mayor, intentando batir récords temporales, acompañando a algunos guiris curiosos o, también, para escapar de la monotonía de un verano que se me hacía eterno. La cuestión era hacer la cabra y emprender el más difícil todavía por eso de la emoción que implica el riesgo. Tampoco es que tuviera nada especial el dichoso castillo: cuatro piedras mal puestas y sin el aliciente de una vista espectacular porque, ya me diréis qué tiene de bonito el maresme, pero a esas edades parece que estés escalando el himalaya. En cuanto emprendieron la reforma, dejando el camino expedito a cualquiera, se acabó la gracia.



Si la noche del viernes estuve acompañada por un hombre increíble, el calificativo para el que compartió cena conmigo anoche no puede ser menos que maravilloso. Abrimos la tertulia de forma macabra y la finalizamos con carcajadas. Como paréntesis, una película "Seduciendo a un extraño" para la que necesitas una alta dosis de concentración. Cambiamos las palomitas por el tiramisú y mi sofá chill out demostró ser bastante más cómodo que una butaca.

Aunque no entiendo muy bien porqué, siempre me transmite una sensación de tranquilidad, de tenerlo todo bajo control, así que me fui a dormir en un estado de beatitud que me ha acompañado durante todo el día de hoy.



El despertador está en deshuso últimamente. Aparte de la manía (una de tantas) de dejar que entre la luz a raudales, es en esta época del año cuando menos duermo; mi cerebro desarrolla una hiperactividad tal que necesita todas las horas diurnas de que pueda disponer. Pero, por si esa maquinaria falla, a las 8 en punto suena la alarma del móvil. Durante un tiempo fueron los Van Halen quienes machacaban mis oídos; acabé con la tortura al mismo tiempo que con el individuo que los escuchaba. Ahora mis mañanas están amenizadas por los Sixpence none the richer, con algo mucho más tierno.

Y de eso va hoy.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias otra vez, esta por decirle al mundo que lo pasaste bien.