domingo, 12 de abril de 2009

A window to the sky - Parte 1

De sobras es conocida mi aversión a actos multitudinarios así como a adentrarme en lugares atestados de gente, verdad? A tenor de esta afirmación, podría considerarse que, al ser Semana Santa y con la dichosa crisis en pleno apogeo, todo quisqui se iba a quedar en casita, incluída servidora, además de tener en contra al jodido tiempo, que nos ha jorobado, nunca mejor dicho, la pascua. Bien, pues solo a nosotros se nos ocurre aprovechar estos maravillosos y "congestionados" días para realizar periplos por la ciudad.

Primero fuimos al Parc Güell. La anécdota, solo llegar, fue disparar la alarma de una moto-feber mientras intentaba aparcar a Moira; eso y que David tuviera que tirar de mi moto porque yo no era capaz de mover sola todo el peso en parado.

Cuando vi la riada humana andando por la avenida principal del parque, casi doy media vuelta y echo a correr. Che horrore! Y yo allí, en medio de aquella marabunta! Una vez sumergidos en la vorágine, decidimos empezar por el principio y nos allegamos hasta la entrada principal. Nunca, en todas las veces que he estado en el Parc, había visto tal aglomeración. Las escaleras recordaban a la Piazza d'Espagna de Roma.

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De allí, a la sala hipóstila, con sus mosaicos y columnas. Mi poca ortodoxia a la hora de fotografiar, a veces da resultados. No es inusual verme tumbada por el suelo o en ángulos complicados para conseguir la perspectiva desde la cual veo las cosas.

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Iniciamos el recorrido por el "viaducte de la bugadera" para comprobar que el acceso hacia "les tres creus", el pequeño calvario desde el que se divisa Barcelona en todo su esplendor, está vetado al público, así como también el resto de viaductos que conducen al lugar.

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En el "banco" las fotos de rigor.

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Y la sorpresa. Mientras íbamos deambulando por los caminos, percibíamos diferentes tipos de música. Nada impresionante, diréis. Pues no, no era algo asombroso hasta llegar allí. Un altavoz que servía como caja de resonancia, dos didgeridoos, un platillo, cascabeles en un pie y una especie de castañuelas en el otro eran capaces de sonar así de bien.



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Siguiendo la estela de acordes, nos encontramos con más músicos "especiales". No sé cómo se las apañaba este hombre para saber dónde estaba cada nota...

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Aunque el mejor, sin duda, el rockero argentino. Él se lo guisaba y se lo comía y parecía que el guiso le había salido a pedir de boca.

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Violines, juglares, clásicos, el Güell estallaba en música para todos los gustos.

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Salimos de allí en dirección a otro punto crucial del recorrido: La Pedrera.

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